Todos los protagonistas de "Tosca", con los que hablé durante estas semanas, coinciden en que las anotaciones escritas por Puccini son tan precisas y estrictas que es muy difícil apartarse de ellas y crear una versión distinta. Las didascalias son verdaderas instrucciones del autor de una obra para el director y los intérpretes. Y Puccini fue uno de los pocos que no solo escribió la música, sino que en la misma partitura marca la escena; era tan puntilloso porque quería que cada obra se hiciera como él la había creado y nadie pudiera apartarse de eso.

El tema de si la partitura es obediencia debida siempre ha sido una preocupación entre los directores musicales y regisseurs, porque plantea directamente qué libertad se tiene para una interpretación. Pero aquellas anotaciones, muchas veces escritas en los márgenes de los textos musicales, apuntan, además, a una comprensión mayor.

Los dilemas, conflictos y debates que se plantea un director ante las didascalias fue uno de los temas centrales de la obra "Anónimo metateatral", que el grupo La Vorágine puso hace un par de años en Tucumán. Allí se podía ver con claridad el encuentro y desencuentro, el diálogo y el enfrentamiento. Pero también un problema de fondo: cuándo el director se convierte en un mero instrumento y cuándo tiene la decisión de dar otro paso y abandonar las órdenes del autor.

Se podría decir que en toda puesta en escena hay una jerarquía: autor, director e intérpretes. "Anónimo metateatral" juega con ella, construye y deconstruye estas relaciones. Pero lo que es una apuesta cuando se trata de una producción propia, resulta complejo cuando se trata de clásicos compositores. El público concurre -frecuentemente- a escuchar y a ver lo que esperan y ya conocen de ellos.

La puesta de "Tosca", ya lo había adelantado su regisseur, respeta casi totalmente las didascalias, y solo se permite alguno que otro gesto de distancia (en los tics del sacristán, por ejemplo). Es verdad: a veces la mejor manera de ser fiel al autor es faltándole el respeto. Llevar la pieza más allá de cómo fue concebida, arrojarla a otros terrenos, porque en definitiva una obra le pertenece y no le pertenece. Es suya porque la escribió (se sabe que en el arte contemporáneo, por ejemplo, la noción de autoría casi ha desaparecido), pero de algún modo, cuando el público la asume, se apodera de ella. ¿Acaso los clásicos no son los que permanecen en el tiempo porque siguen habléndole a nuestra época?

El director, el regisseur, siempre se encuentra en una encrucijada en su trabajo, porque debe decidir qué adaptación realizará. El riesgo no es menor: de lo que haga dependen la ovación y el aplauso, o el abucheo o la indiferencia. Al menos cuando su trabajo está destinada a un auditorio que no le perdonará una versión que se aparte de lo ya conocido, de lo ya aceptado.